sábado, 27 de octubre de 2007

La odio

La odio.
Con sentido o sin sentido.
Con razones o sin ellas.
La odio.
Con motivo y sin motivo.
Según razone o explote.
Odio que exista.
Odio que exista ella y no ella.
No razono.
No tengo por qué hacerlo.
La odio.
Aunque sea medio lela.
Aunque se ría a carcajadas.
Odio verla cada sábado.
No quiero verla nunca más.
Lo odio.
Odio este mundo.
Odio esta vida en vez de la mía.
Quiero que se calle.
Que se marche.
Y que a cambio vuelva ella.

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domingo, 21 de octubre de 2007

Cualquier tiempo pasado fue mejor

No podemos ser los mismos que éramos cuando teníamos 17 años. Pero sí que podemos ser los de ahora con 21.

Hay veces que pienso que es verdad. Que el paso de los tiempos no podrá con nosotros, que podemos recuperar aquella inocencia que perdimos. Que podemos volver a ser los mismos, pero siendo distintos.
Hay otros días que no. Que me levanto sabiendo que nada será nunca igual. Que podemos engañarnos fingiendo ser lo que ya no somos, pero nunca será real.
El tiempo es un cruel verdugo. No sólo nos ha hecho madurar si no que ha matado nuestras ganas de soñar.
Quizás no ha sido el tiempo. Quizás es la pena que nos acompaña por los errores pasados o por las desgracias vividas.
Quizás es que nací para estar triste. Quizás todos nacimos para estar tristes. Y los escasos momentos de felicidad son tan breves, tan difusos, que se diluyen en nuestra memoria. Aunque sepamos que hemos estado siempre tristes, siempre nos engañamos pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor...

Su piel es de terciopelo.
Y sus ojos son de caramelo (por eso me gusta tanto besarlos...)

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martes, 16 de octubre de 2007

Donde quiera que fueras...

El mundo es más pequeño desde que te fuiste...

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...adonde quiera que fueras.

domingo, 14 de octubre de 2007

Mermelada

Aquella noche se durmió llorando. Con un manto de color plata a la espalda. Con el reflejo de la luna sobre su cara. Si hubiera alguna manera de retroceder el tiempo...
Cuando despertó hacía frío y él no estaba. No sabía exactamente donde había ido, pero algo le decía que no iba a volver. Se habían cansado de luchar. Cada noche con la almohada y cada día consigo mismos. Esta vez la discusión había sido demasiado fuerte para pasarla inadvertida. Esta vez no podrían volverse a despertar con una sonrisa y abrazarse sin sentido hasta olvidarlo todo. Esta vez no había vuelta atrás.
Se levantó. Recogió su ropa desperdigada por el suelo, y se vistió. Cerró los ojos y respiró por última vez el aroma de su cuerpo, que aún impregnaba la habitación.
Sobre la mesa había una nota escrita en color malva:
"Lo siento. No pude más."

Sus labios son del color de la mermelada.
Y su boca sabe a fresas con nata.

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sábado, 13 de octubre de 2007

Recién llegada

Acabo de llegar nueva a la ciudad. Me he mudado de mi antiguo hogar (snaf17.spaces.live.com) y he venido en busca de mí misma. He traído conmigo mis cajas, llenas de antiguas historias, y voy a verterlas aquí, en medio de la nada.
He venido a encontrar mi sitio, mi alma, y mis sueños, que se perdieron en algún lugar de mi añorada pubertad. Puede que nunca los encuentre, pero al menos he salido a buscarlos.
Decidí ser alguien nuevo. Mejor. Decidí volver a ser yo. Volver a creer en la poesía y la prosa, escribir por gusto y a menudo. Recordar que empecé a hacerlo por afición, y no por profesión.
Quizás me reencuentre con mi musa. Quizás encuentre una nueva. Sea como fuere, he venido a quedarme.


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viernes, 12 de octubre de 2007

¿Quién soy?

Supongo que no es fácil explicar quién soy. Como no es fácil explicar lo que me pasa. Porque a veces, a determinadas horas, en determinados momentos, me duele la tripa. De nervios. De miedo. No es fácil explicar cómo es mi vida. La de pensamientos que bombardean diariamente mi cabeza. La de cuestiones absurdas que me planteo mientras viajo en metro o espero el autobús. A veces reflexiono sobre la muerte. Otras, sobre la vida.

Hace ya tiempo que creo que pensar es una maldición. Nos diferencia de los animales, y nos hace infelices. Merma nuestros instintos, y obstruye nuestros sentidos. Demasiadas horas de pensar al día pueden ser dañinas para la salud. Consulte a su farmacéutico. A veces creo que todo sería más fácil si no me cuestionara mi existencia a cada segundo. Si no psicoanalizara a la gente con cada gesto. Si no juzgara cada cosa que veo. Sería todo más fácil si pudiera limitarme a soñar. A soñar sin caerme al suelo, sin que se quebrase el cántaro de leche. Si pudiera abstraerme de la realidad. Quedarme para siempre en la cama, o estar riéndome siempre a carcajadas. O un extremo, o el otro. Pero no los grises. Ni las tonalidades oscuras. Sólo blanco o negro. O mejor, colores pastel. Empalagosos. Como el aire de otoño. Cargado de hormigas voladoras, agua, y frío.

Pero no es así. Por alguna extraña razón me gusta pensar. Y autoflagelarme pensando. Me gusta recrearme en las cosas que me hacen daño, en un vano intento por castigarme. Me tiembla el pulso. Me lloran los ojos. No puedo ni leer una noticia de una muerte sin que un escalofrío me recorra todo el cuerpo. No sé lo que me pasa. No sé por qué no puedo evitarlo. Por qué llego a cada sitio huyendo de mí misma, fingiendo ser alguien que no soy. Fingiendo que no me pesan los párpados cada vez que los abro por la mañana. Cada vez que estoy sola. Y como una autómata pongo una falsa sonrisa en los labios para deleite de aquellos que ni se fijan en mí.

Quizás sean las fechas. Quizás sea la edad. Quizás el hecho de que es mi último año de Universidad. Pero creo que va más allá. Es algo que está dentro de mí. En ocasiones siento que he nacido con la nostalgia más agudizada que el resto de los mortales, y la melancolía como estandarte personal. Como si no hubiera manera de pararlo nunca. Como si mi única manera de existir fuese llorando. Recordando. Creyendo. Soñando. Como si no fuese capaz de valorar las cosas del presente y solo supiera pensar y repensar en aquellas que perdí.

Suspiro. Me callo. Miro para otro lado. Aquí no ha pasado nada. Yo no os he contado nada.

No me importa...

No me importa despertarme a las cinco de la mañana si con ello puedo dormir dos horas entre tus brazos.
No me importa que te vayas a las 11 porque madrugas si he podido disfrutarte todo el día.
No me importa que me hagas de rabiar, porque siempre lo compensas con un beso.
No me importa que me cojas en tus brazos con ademanes de tirarme al suelo, porque sé que nunca me dejarás caer.
No me importa que tengas las uñas largas, porque me gusta jugar con ellas.
No me importa que no te peines, porque tú me despeinas cada vez que me abrazas.
No me importa que cortes mal el pavo, porque siempre me haces un sandwich de queso.
No me importa que no me compres cosas caras, porque me dedicas canciones y entradas.
No me importa no poder quedarme en tu casa, porque siempre podremos ir al paraíso a estar solos.
No me importa donde esté ese paraíso: a veces bajo tu edredón, a veces bajo el mío.
No me importa que parezca que somos despegados. Es porque nos gusta echarnos de menos.
No me importa que me estreses, porque a veces me da el punto y lo hago yo.
No me importa que me convenzas para ver el baloncesto, porque yo también te obligo a ver mis series.
No me importa que ya no estemos en el principio. Lo que importa es que no tenemos final.
No me importa que hoy haya llovido todo el día, porque me parecen los días más románticos del mundo.
No me importa nada de todo eso, porque lo que me importa eres tú...

Sentir, soñar

Casi podía sentir sus brazos rodeándola. Como dos fuertes cadenas que la ataban a la vida. Aquel efecto tranquilizador que tenían sus ojos, cuando la miraban fijamente, como si pudieran traspasarla. Sus labios mullidos. Como dos finas almohadas que acolchaban sus tímidos besos. Sus manos cuadradas, que se perdían jugando con sus dedos a cada minuto de sosiego.

Casi podía sentir todo eso y más. Pero la realidad le jugaba malas pasadas, y le costaba abstraerse. Dejar la mente en blanco... Nunca supo como hacerlo. Tumbarse y cerrar los ojos, dejarse llevar por la imaginación o el recuerdo. Le costaba horrores. Cada vez que lo intentaba acudían a su memoria todas las preocupaciones típicas de la edad adulta. O medio adulta. Demasiadas cosas que hacer, y demasiado poco tiempo para pensar, para sentir, para dejarse llevar. El mundo nunca la había brindado tantas oportunidades como entonces. Y, sin embargo, se sentía incapaz de verlas todas. De saber diferenciarlas. De decidir por dónde continuar su vida y de escoger hacia dónde encaminar su destino.

Precisamente por eso. Porque no sabía cerrar los ojos. Que gesto tan sencillo y tan difícil. Cerrar los ojos. De hecho, lo hacemos cientos de veces por minuto. Pero cerrarlos, y mantenerlos así, como pegados, era tan complicado... Bueno, excepto cuando dormía. Pero ella no quería dormir. Quería cerrarlos para soñar despierta, quería sentir sin vislumbrar el exterior. Quería mirar hacia dentro de sí misma, en lo más hondo de su ser, para encontrar todo aquello que había ido perdiendo con los años. Para recordar tardes al sol sobre la arena, y noches en vela sobre la acera. Para volver a sentir sus dulces manos acariciándola, como lo hiceran la primera vez, rodeándola, como si se fuera a perder. Enredándose en su pelo, como las plantas que crecen enroscadas a los árboles...

Tomó aire. Se tumbó. Cerró los ojos y esperó. Esperó a que todas aquellas imágenes se sucedieran una a una en su mente. Se calló. Se durmió.

...

...

Sonó el despertador

Historia de una vida

"En mi pasado encuentro todo aquello que me hizo feliz. ¿El mundo era mejor? Hubo una época en la que sí. Yo tenía 17 años, y todos los sueños por cumplir...

Cuando llegaba a casa ella estaba conmigo. Me sonreía, me besaba, cuidaba de mí. Y yo entonces, sin darme cuenta, me encerraba en mi santuario, en mi habitación, que no eran más que cuatro paredes llenas de recuerdos e ilusión.

Tenía 17 años. Adoraba a mis amigos. Eran ellos. Exclusivos, únicos. Éramos todos. Éramos uno. Ahora, aunque algunos se han alejado de mi camino, los recuerdo con cariño.

Tenía 17 años y conocí el amor. Llamó a mi puerta cuando menos lo esperaba, cuando ya creía que el amor no estaba hecho para mí. Dulce, cariñoso, sincero y tímido. Mayor, pero un niño. Guapo y atractivo. Soñador. Como yo. Tenía los pies en la tierra. Me hizo volver a soñar, a confiar. Sentí la pasión encadenarme a sus brazos. Sentí el amor en lo más profundo de mi ser. No podía concentrarme en clase, ni verle todo lo que hubiera deseado. Creía que era difícil. Pero lo difícil vino después.

Soñé a su lado, le estreché entre mis brazos y él lo hizo de igual modo siempre que lo necesité. Nunca me falló.

Pasó el tiempo y yo crecía. Dos años, y la Universidad. Un mundo diferente se abrió ante nuestros ojos. Éramos adultos. Al menos, yo empezaba a serlo.

Lloré. Temí la muerte y lloré. Y él me acompañó. Todo fue un mal sueño que, meses después, se hizo triste realidad. El dolor y las lágrimas acudieron a mi alma, a mi llamada. La piedad, la justicia... Apelé a ellas, pero el Tribunal de la Muerte dictó sentencia. Y la perdí. La noche de un miércoles hace casi 2 años. Se fue. Prácticamente, entre mis brazos. Y yo entre los suyos.

Y todo cambió. Dejaron de existir mi casa y mi santuario. Se murieron con ella. Y con ella, mi antigua vida. Me mudé. Me llevé mis recuerdos envueltos en cajas a un nuevo lugar que debía aprender a llamar hogar. Pero que nunca llegaría a serlo en verdad.

Y crecí. Más que por fuera, por dentro. Tuve que madurar de golpe a fuerza de palos. Como siempre había hecho.

Se acabó la felicidad. No creo que nunca me vuelva a buscar. Los problemas adolescentes dejaron de existir. Llegó la realidad.

Volvió a pasar el tiempo. Volvió a cambiar mi mundo. Llegó el último año de carrera, y el futuro se empezó a cernir sobre mis hombros. Tenía miedo. Un porvenir incierto, a medio camino entre los estudios y el trabajo. ¿Qué iba a hacer ahora? Demasiado mayor para esconderme bajo las sábanas. Demasiado pequeña para aprender de la nada.

Y tenía 21 años y llegó el mañana. Y tenía 21 años y me dormía arropada. Y reía y cantaba y saltaba y bailaba y lloraba y temía y soñaba y crecía y besaba y abrazaba y acariciaba y gritaba. Y tenía 21 años, y un libro en blanco que rellenar con mi historia".


Basado en un escrito del 17 de abril de 2006

¿Cambios?

¿Yo también habré cambiado?
Ha cambiado tanto a mi alrededor que sería ingenuo creer que yo he permanecido inmutable.
Tal vez fui la primera en cambiar.
Tal vez la última.

¿Por qué cambiamos?
¿Por qué no seguir siendo unos críos con ganas de comerse el mundo?
Añoro mi infancia, mi juventud y mi inocencia.
Añoro haber sido consciente del sueño en que vivía, y no haberle sacado más jugo a la vida.
Añoro a mis amigos y a mis niñas.
Añoro mirarme al espejo y saber que soy yo misma, con defectos, con antojos.
Añoro no creerme perdida...

Algún día

Algún día escribiré algo grande. Algo que merezca la pena ser leído y recitado. Una estrofa, un verso, una palabra, un libro entero. Algo por lo que podrás recordarme cuando no esté. Algo que compense mis años de escribir a oscuras, en el silencio de una habitación al otro lado de la calle, en el barullo de un nuevo cuarto en este lado del parque.

Algún día escribiré algo que explique cómo eres. Qué describa lo que significas y a qué sabes. El aroma de tu cuello y el tacto de tus labios. Sabré entonces resumir en pocos versos todo aquello que nos une, y evocar, sin apenas tiempo, mil millones de recuerdos. Contaré cuántos brillos tiene tu cabello, y cuántos besos sabes dar en un momento.

Algún día escribiré sobre política o cultura. Redactaré crónicas, noticias. Escribiré con la serenidad que dan los años, y con la terquedad de quien sabe lo que quiere. Viajaré al fin del mundo buscando una exclusiva. Lucharé de un bando u otro en una guerra. Explicaré por qué hay que creer en la justicia, y defenderé a capa y a espada un mundo imposible.

Algún día volveré a creer en mi misma. Y entonces sonreiré al ver tu rostro, al sentir que el viento arrastra una voz amiga. Escribiré cartas a la vieja usanza, y vomitaré historias de tanto haber leído. Pediré deseos a media noche y susurraré palabras de amor de madrugada. Como cuando era una niña. Como cuando aún creía en las hadas...

Verano

Camino por las calles creyendo saberlo todo. Como si el tiempo no me hubiera enseñado nada. O como si me lo hubiera enseñado todo. Con una banda sonora resonando en mi cabeza me recorro las montañas, el parque, las calles o mi casa. Esta casa. Camino buscando nada. Y no encuentro nada. Es así como los años nos han enseñado a volar. Con los pies sobre la tierra y las alas escondidas. Para que nadie las vea. Para que nadie nos hiera.

Miro a mi alrededor y todo es distinto. Puedo ver las películas que veía de pequeña, o leer los libros que leía de niña. Pero no puedo volver a ser la misma de entonces. Y, a pesar del cambio, el paisaje que se ve desde mi ventana permanece inmutable. Yo, que lo conozco desde hace tantos años, sé que ha cambiado, minuciosamente, en pequeños detalles. Bancos que ya no están donde estaban, árboles que se han plantado, o lagos que se han vaciado. Columpios que se han mudado, o conciertos que se han evaporado. Es la huella de la agujas del reloj, que nunca se detienen, ni cuando andan hacia atrás.

El verano trae a mi memoria sensaciones agridulces, de siestas bajo una sombrilla de playa, y paseos sobre las rocas. Un camping gas, una tienda de campaña. Paella. Ser consciente del paso del tiempo, echar la vista atrás y recorrer con la mirada los caminos que antes te llevaban a tu casa. Y que ahora no conducen a ninguna parte. Ser consciente de eso te hace ser consciente de todas las cosas que has perdido y que has ganado. De todo lo que nunca has tenido y de todo lo que mañana puedes tener. Suena interesante, y divertido. Como si de este modo no desaprovechases nunca el tiempo. Pero no es verdad. Te pasas la vida pensando en lo que has vivido, malgastando lo que estás viviendo, y soñando lo que vivirás mañana.

Y el mundo no se paró

Este mundo es demasiado pequeño. Se me escapa de las manos, se me pierde entre los dedos... No puedo abarcarlo todo, y siento que se me escapan cosas, que me pierdo momentos, vidas enteras, suspiros. Quisiera reencontarme con lo que un día fui, y sentirme ametrelleada por las balas de la melancolía. Sentir que me estás esperando en el sofá, cuando nadie más me habla. Sentir que nunca se acabó nada. Saber que aún consultas cada noche con la almohada.
Pero sé que ya nunca volverás. Que el tiempo sesgó tu tiempo, y el mío, por defecto. Que el mundo no se paró, aunque debería haberlo hecho. Y a mí solo me queda escribir versos como estos, en noches como éstas, mientras sueño que vienes a golpearme la puerta, pidiéndome que me duerma...

Mejor me quedo aquí

Si pudiera volver a escribir con la inocencia de los 17 años escribiría una historia de amor. De ésas que solo conciben las mentes adolescentes, llenas de ruido y de sueños.
Si no me hubiera olvidado de volar, surcaría los cielos y dejaría muy lejos el mar, para que nada me angustiase. Como si fuera un pájaro, rumbo a ninguna parte...
Si aún supiera dar besos de colores construiría un arcoiris de tu pelo, me colgaría de tus labios y estrangularía el tiempo, hasta que crecieran flores de tus brazos, y un manto de sabores de tus huesos...

Pero como ya no sé hacer nada de eso, mejor me quedo aquí, entre tus besos...

Como una hoja a una rama

"Se cayeron las hojas de los árboles, ya secas, ya marrones, como si de un frío invernal se tratase. Pero el sol brillaba alto, calentaba a fuego lento las miradas de los enamorados. Se dio cuenta de que no era invierno, ni tan siquiera otoño.
Las hojas abandonaban las ramas de su hogar. Pero no por frío, ni por viento. Sólo por deslealtad".

A la espera

Sueño con un mundo en el que sólo existamos tú y yo. Un mundo sin pasado ni futuro, un mundo en el que solo exista el presente.

Me siento sola, aquí a los pies de tu cama.
Me siento lejos, aunque me mires de cerca.
Me siento extraña, aunque sea la misma persona...

Parece que te espero cada día y cada noche. Parece que te espero y que no vienes. Sueño y me despierto y en un instante te he encontrado. Pero no me miras, pero no me tocas, pero no me rozas...

"Quiero desvanecerme en tus sueños y vivir allí para siempre..."

Nobody Knows

Cuando el mundo termine, y el día se convierta en noche.
Cuando el sol se apague y no quede nada que lo haga brillar.
Cuando la vida se transforme en muerte y el destino se cumpla sin más.
Porque cuando ocurra todo eso... Ahí estarás.

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